Entrevista a Viceministra Karla Cueva

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La viceministra de Derechos Humanos y Justicia, Karla Eugenia Cueva Aguilar, fue una de las niñas privilegiadas del país al tener como lugar de juegos el Parque Arqueológico de Copán.La hija de la maestra julita evoca aquellos tiempos de su infancia, así como aquellos momentos en la escuela donde conoció las vicisitudes que viven algunos niños que asisten a las aulas de clases.Nació en Copán Ruinas el 5 de octubre de 1970. A los 12 años fue enviada a Tegucigalpa para sacar el ciclo común en el Instituto María Auxiliadora, luego pasó a la Normal España, en Danlí, El Paraíso, donde se graduó de maestra de primaria en 1988.Soñó con ser pediatra, pero por circunstancias de la vida tuvo que estudiar derecho y como luego quería ser diplomática sacó orientación en el área internacional.Como abogada dio ligeros pasos como fiscal del Ministerio Público, pero al final terminó especializándose en derechos humanos, en derechos de los niños; un recorrido de su vida que hoy ella rememora con agrado.
 
¿Qué vivencias tiene de su niñez?
Yo tuve una niñez privilegiada. Copán Ruinas de por sí es una ciudad bonita. Mi mamá era maestra y yo asistí a la escuela pública, adonde íbamos todos los niños de Copán. Las ruinas en ese tiempo no estaban protegidas como ahora. El campo de juego de los niños, los fines de semana, era el Parque Arqueológico. Jugábamos escondite en los túneles.
 
¿Entonces es como responsable de algunos daños al parque arqueológico?
Mi esposo me dice que gracias a mí se llenaron de hongos algunas piedras, pero viera qué bonito, íbamos al parque y jugábamos; caminábamos un kilómetro y nos íbamos a bañar a las pozas, y solo íbamos niñas, ahí no había peligro. Era el Copán ideal para que creciera un niño.
 
¿En qué escuela estuvo?
Se llama Juan Ramón Cueva, en honor a mi bisabuelo, que fue alcalde de Copán. Él fue comandante de cerro y en una de esas le tuvieron que cortarle una pierna, entonces tenía una pierna de palo. Gracias a él, que era uno de los alcaldes más honestos que tuvo el pueblo, le pusieron así a la escuela. Cuentan que él emitió una ordenanza municipal donde las bestias que se metieran a la plaza, los dueños tenían que pagar una multa, creo que era de cien reales. Un día llega el policía municipal y le dice “don Juan Ramón, su bestia está metida en el parque”, y él le contestó: 
 
¿y qué esperas para cobrarme los cien reales? 
Y esa es la honestidad que se nos inculcó al tener como referente al bisabuelo.
 
¿Y cómo pasó esos años de escuela?
Parte de ese privilegio que tuve fue compartir con todos los niños de Copán, no había diferencia de quién era hijo de quién y pude conocer las dificultades de varios niños, que iban con apenas un manguito verde en su estómago; recuerdo que nos daban como merienda escolar una leche caliente que venía en unos sacos de la Alianza para el Progreso.A pesar que era la hija de la profesora Julita pude compartir y conocer la realidad de los niños desde temprano, desde mi infancia. Yo recuerdo que me quitaba los zapatos al entrar a mi casa y los guardaba en mi bolsón porque yo quería sentir lo que sentían mis compañeras que iban sin zapatos a la escuela y el mayor sueño era que mi mamá me comprara sandalias de hule y andar como mis compañeras. Recuerdo que en ese tiempo los cuadernos los hacían con papel de oficio, los partían por mitad y los cocían y yo le decía a mi mamá: quiero de esos cuadernos, de los que llevaban los demás niños. A temprana edad entendí la dificultad de la gente para mandar a sus hijos a la escuela.
 
¿Y el colegio?
Al terminar el sexto grado, de doce años -bien pequeñita- me mandaron para acá, donde una tía hermana de mi mamá. Mis padres se esforzaron para que yo tuviera una buena educación, hice mi ciclo común en el María Auxiliadora, ya mi hermano estudiaba en el instituto San Francisco y aprendimos a cuidarnos solos. Me acuerdo que me mandaban 20 lempiras al mes y con un lempira tenía que comprar, pero no comía porque la fila en la cafetería del colegio era grande y no podía comprar, entonces siempre me quedaba con hambre.¿En la escuela o en el colegio la molestaban por llamarse Eugenia?No. Yo siempre fui quien dijo que mi nombre no me gustaba, hasta que un día una persona a quien quiero mucho, José Manuel Capellín, exdirector de Casa Alianza, me dijo: ¿Por qué te quejas de tu nombre? Busca la raíz latina y vas a saber qué significa bien nacida. A partir de ahí me empezó a gustar mi nombre.
 
¿Qué tan difícil es para una niña salir a temprana edad de su casa para poder estudiar?
No fue una buena experiencia. Fueron momentos tan duros porque tuvimos que crecer sin mi papá y sin mi mamá. En esos tiempos no había comunicación, esta era por carta y telegrama de cinco palabras por 35 centavos, solo íbamos dos veces al año; creo que fue la época más dura de adolescencia, mis padres estaban lejos, quien me apoyó a mí y fue un referente fue mi hermano mayor.
 
¿A quiénes recuerda del colegio? 
Recuerdo a gente con mucho cariño, entre ellas a Verónica Cáceres de la Rocha, es una de las personas de quien tengo los mejores recuerdos.
 
¿Y del María Auxiliadora a dónde pasó a estudiar?
Pasé a vivir una de las experiencias más interesantes, que ha determinado un poco hasta donde he llegado, aparte de la formación que traigo de mi hogar. Mi mamá un día me dijo: te vas a estudiar magisterio. No me preguntó si yo quería, entonces hice examen de admisión en la Normal España y ahí estuve interna tres años. Ha sido la experiencia más formativa de mi vida, a la cual yo le debo la disciplina, el orden, esa disponibilidad de trabajar. Era una disciplina casi militar: levantarse a las cinco de la mañana, la cama no tenía que tener ninguna arruga, los inspeccionaban, estaban muy pendiente de las notas. Fue un tiempo donde a las maestras nos formaban para ir a dar clases a cualquier aldea del país. Recuerdo que para ir a dar clases cargábamos gallinas, patos, material concreto, se nos enseñó a enseñar, ahí me gradué de maestra en 1988. Es la formación de Villa Ahumada la que más agradezco.
 
¿Ejerció como maestra?
Fíjese que no. De forma inmediata yo quería ser pediatra, esa es una de las frustraciones de mi vida, desde que tenía cinco años; de manera lamentable no tuve la capacidad de tener la seguridad de estudiar medicina porque a mi mamá le dio un poco de temor, la carrera era superlarga, ella no tenía todos los recursos para poder financiarme esa carrera, entonces decidí estudiar derecho con orientación internacional. Y si usted lo ve ahora trabajo con derechos de los niños, mi mayor experiencia ha sido con ellos.
 
¿Por qué se metió a derecho y no otra profesión?
Creo que fue porque en mi casa se hablaba de que mi papá siempre quiso ser abogado. Fue como un poco como cumplirle el sueño a mi papá; pero descubrí que era una carrera muy integral y al final decidí que estudiaría derecho internacional, quería ser diplomática, pero por esas vueltas de la vida terminé trabajando en derechos humanos y ese sueño de la diplomacia se me olvidó. Me terminé especializando en derecho de los niños.
 
¿Usted también fue fiscal?
Tuve un ligera experiencia como fiscal, trabajaba en el día llevando los casos, pero también recuerdo que me tocó en la época de la feria de Puerto Cortés. El día que llegué con mi maleta a mi apartamento me llaman los agentes de la DIC en aquel tiempo y me dicen: Abogada, tenemos un muerto en Tegucigalpita. Era el primer muerto de mi vida que iba a ver -por eso no llevé derecho penal-, caminamos como dos horas y había un balaceado, pero no me dio miedo, después vi más balaceados, macheteados.
 
¿Por qué en este país se habla tanto de los niños, pero los menores siguen en situaciones precarias?
Yo tengo la percepción de que la niñez nunca ha sido una prioridad en el país y tampoco se ha priorizado la inversión en la infancia, no se ha articulado un esfuerzo nacional a favor de la infancia. A los niños los hemos visto por partes, vemos los niños que están en situación de vulnerabilidad, los niños en las calles, los niños que están en situación de infracción, pero no hemos visto al niño como un ser integral, que merezca políticas integrales de prevención de los riesgos. Si usted lo ve, la institucionalidad que ha tenido que ver con la niñez es una institucionalidad muy débil. Ahí está el IHNFA (Instituto Hondureño de la Niñez y la Familia), 17 años que no pasó de cuidar a niños en riesgo social cuando su deber era trabajar políticas integrales a favor de nuestros hijos y de aquellos que están en situación de riesgo. Como funcionaria protectora de la niñez, 
 
¿qué ha hecho por la primera infancia?
Yo creo que ese es un tema en el cual debe haber habido más priorización y visibilización de esta etapa tan determinante en la vida. Mientras fui viceministra de desarrollo social en el período anterior, junto a la ingeniera Hilda Hernández, que lideró este tema, pudimos impulsar la creación de la política de desarrollo integral de la primera infancia.
 
¿Cuál es el caso más dramático que ha vivido prestando atención a la niñez?
Uno de los casos más duros que todavía recuerdo es que siendo coordinadora del área legal del IHNFA, en la zona norte, habían nacido dos bebés que los dejaron abandonados sus mamás y que pasaron al cuidado del IHNFA, pero los niños habían nacido enfermos, uno tenía VIH, y murieron. Para mí fue duro, me tocó enterrar a aquellas criaturitas, de unos dos meses de nacido, sola con el motorista que me llevó; y una de las cosas que más me atormentan a estas alturas, han pasado unos 16 años, es que los enterré en el Cementerio General de San Pedro Sula y ni siquiera puse una cruz, o sea que hoy no sé dónde están, eso todavía me toca, porque ni siquiera tenían nombre, creo que porque eran tan pequeños me dolió tanto.
 
¿Y en todo ese ajetreo con los niños, cuándo se casó?
Me casé en el año 2000.
 
¿Con algún copaneco?
No, mi esposo es de aquí de Comayagüela. Gracias a EL HERALDO me casé con él. Yo vivía en San Pedro Sula, trabajaba para el IHNFA en ese momento, había trabajado con el Comisionado Nacional de los Derechos Humanos, y en 1999, en mayo, un amigo me dijo: mirá qué bueno está el editorial de EL HERALDO y lo leí y hablaba de los diez años de vigencia de la Convención sobre los Derechos del Niño. Estaba tan bueno que le dije a mi amigo: voy a conocer a la persona que escribió esto porque la voy a felicitar, entonces le saqué fotocopia al editorial, lo guardé en mi monedero.
 
¿Y encontró al editorialista?
En noviembre del mismo año llega el nuevo delegado regional del Comisionado Nacional de los Derechos Humanos y me invita a tomar un café, entonces vino la típica pregunta: ¿cuál es tu hobby (pasatiempo)? y yo le dije que me gustaba leer, cocinar. ¿Y el suyo? Entonces me dijo: yo escribo para El HERALDO. ¿En serio? Sí, tengo una columna. Manuel Torres le había abierto las páginas del periódico y “en mayo de este año -me dijo- estuve haciendo los editoriales”. Y entonces le digo: ¿vos escribiste esto? Sí, me dice. Entonces dije yo: ya no busco más. Creo que tuvo que ver mucho EL HERALDO en esto.
 
¿Cuáles son sus expectativas como profesional?
Concentrarnos en el momento que estamos, Honduras merece que todos pongamos lo mejor de nosotros para sacarla adelante. Ahorita hay gente muy buena en el servicio público, creo que también la visión está cambiando. Se está abandonando ese viejo esquema del funcionario público por verdaderos servidores públicos. Debemos entender que si estamos acá es porque nos debemos a los demás.
 

¿Y en el área de la niñez?
Creo que el paso que se ha dado con la creación de la DINAF (Dirección de la Niñez, la Adolescencia y la Familia) como el ente técnico y rector especializado en la materia. Creo que Honduras ha dado pasos fundamentales. De hecho me especialicé en derecho de los niños, creo que falta avanzar, pero se están dando los pasos para que los niños estén en la primera línea de la política pública.
 
¿No cree usted que la DINAF va a ser otro elefante blanco plagado de corrupción?
No, yo creo que está la voluntad política para poder echar a andar esa institucionalidad que tanto esperaba el país. El Presidente (Juan Orlando Hernández) se ha fundamentado para tomar la decisión. Creemos que ahorita la DINAF esta elaborando su esquema de trabajo. El IHNFA se liquida en diciembre de este año, pocas personas de este instituto trabajarán en la nueva entidad. De hecho, todo el proceso de contratación de personal de la DINAF ha pasado por un proceso de selección.
 
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